miércoles, 21 de mayo de 2008

Cathaul. The Hié Héah Héih

No hay utilidad o razón alguna para tal conjugación, pero como te llevo a todas partes porque añoro ser o dejar de ser como vos, me pregunto, Elly, si de estar esta noche en este lugar, entenderías la brutalidad necesaria de nuestro "De Profundis... ". Alexeiev dirá que sí un par de tardes después: que por más excelso que fueras justamente eso te facilitaría la comprensión del valor de la sincronía de palmas y pies, del retumbar de suelos y vasos, de la necesariedad del desafino; comprenderías que tan vanidosos y solidarios llegamos a ser en menos de lo que tarda una vuelta, sagrada unidad de tiempo. Esa brutalidad de nuestro "De Profundis... " para el dios al que le negamos nombre e hijo, con templo y culto siempre provisorio en el lugar y noche en las que nos posea [... ] Hablo en plural porque me encuentro como siervo de tal grey en esta oportunidad, habiendo naufragado hasta esta ceremonia que comento por la blasfemia y la renuncia. Y si bien fui sacerdote en el resto del mundo y de rituales, aca y ahora veo a una mujer como dueña y administradora de toda barbarie, ella y sus feligreses comparten sus misterios conmigo. Los contemplo estupefacto hasta donde puedo, hasta donde llega mi sensibilidad, hasta donde llega mi brutalidad -que no alcanza a la requerida-. Pero una sombra permanece igual de ausente que yo. Acá y hace un par de himnos la vi en la apariencia de alguna otra que no se degrada en cualquiera, sino que se vuelve cada vez más ella, la fugaz. Es otro rostro en otro cuerpo, que una vez reconocido altera a la multitud circundante, altera a las primeras confusiones y a las que anteriormente fueron reconocidas, altera a la fugaz, la que inició este síndrome de alteración. El lugar está como al llegar y como lo abandonaré, la música cambia, se repite, se baila; la reconocida es otra que deambula junto con los otros que son ellos, yo brindo como vengo brindando hace un rato, dejando de formar parte de a poco. Ésta es la exaltación: otros rostros parte de otros cuerpos, mezclándose junto con las voces al corear el sanctum: "... téngase este hambre y esta sed, así en la fiesta como en la vida... ". Elly y mi compadecer ante su grandeza lejana, se esfumaron por tu culpa: de todas las veces que quiero traerte, Misma, nuevamente tu tenue y divino capricho elige la rebeldía de ser aca y ahora, esperándome antes del caer de la primera de las escamas brillosas del jolgorio adornando mis ojos ya rojos, cuando creía que estaba en franco descanso de todas esas veces que quise traerte.

Regreso de mi retiro espiritual a la ciudad y la semana, soy la tablilla con los mandamientos grabados de cada credo. Como si fuera el día de mi juicio, como si fuera una revelación, dramatizo y exagero queriendo levantar polvo en el asfalto: "Mi frente y pecho raspados y quemados por la misma aspereza del segundo movimiento que completa el binomio de tu golpe: no mirar luego de ver. A vos que nunca me tocaste te culpo por lastimarme. Mi pecho, que no estaba en tu mira, fue blanco inmejorable de lo que no hiciste; la sangre no derramada manchando el éter de mis palabras y gritos insonoros es la única y más solida prueba, que señalo desorbitado por la incredulidad de la tribuna. Estando tan cerca de demostrarlo todo; estando todos frente al carnaval pero yo solo siendo el espectador y el resto de ellos, sin verlo, bailándolo. Ojos grandes, oídos diferenciando el murmullo: no hay razón para tal prédica o descargo, no importa eso sino el conflicto por elegir entre el pecado, el crimen y el teatro para el argumento que efectivice una impugnación, una denuncia. Sea como criatura creada y abandonada, sea por daños y prejuicios por el tironear entre las libertades tuya y mía, sea por catársis. Pero que en algún lado pueda gritar santuario y me redima o regenere y pueda empezar de nuevo."

De mi retiro espiritual regresé a mi purgatorio. No hay utilidad o razón para tal conjugación, lo sé, Elly; no hay utilidad ni razón para que vuelva recién en mi final a querer tu evaluación. Entre invocarte a vos y reclamarle a ella elegí mal nuevamente, pero asumiendo que tenemos la misma capacidad e incapacidad de sentir, hablemos de liturgia o hablemos de código, afirmarás que son los nombres más apropiados los que utilicé esta tarde de debate e incertidumbre. Teniendo, eso sí, la certeza de que así como ningún paraíso es eterno, tampoco lo son los infiernos.



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Esta publicación inesperada fue utilizada para condensar tres textos.

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jueves, 15 de mayo de 2008

Prosa de enganche

de: Paranoices (Megapulso); a: Nortuario (Religionario) -
"Barapuca"

No voy a contarte mi sueño, a nadie. Ni siquiera quiero recordarlo con exactitud. Evitando la particular comodidad de los sillones destripados que me tientan a continuarlo, armaré otra leyenda en la mañana inmediata, dentro de este vagón. Empiezo de nuevo entonces:

No cuento un sueño, cuento una a una tus cejas, agradecido como nunca antes ahora por esto que casi no pasa. Sin recurrir a algún dios que exija protocolares ruegos, directamente se lo comenté a Soria, durante mi insomnio, aquél a quien se le pide lo perdido por capricho -sea una bestia distraída o una joven por las restricciones de un padre severo- si concuerda la plegaria y la oye allá donde duerme de la vida que no tuvo y de la que sí. Me habían hablado de un par de solicitudes que aceptó, bien podrían ser de esas casualidades que se sacralizan, pero habiendo sido Soria simplemente otro joven de otro tiempo que por lo que no tuvo se arrancó de este mundo, me pareció que no regalaba nada con el intento de conversación. Ahora conforme como nunca antes por esto que casi no pasa, cuento una a una tus cejas y me pierdo, porque también se me ocurre pensar que hubiera hecho de no obtenerlo, de no pedirlo, de no haber creído en Soria.
El que me presentó a este sujeto como uno de esos finados prodigiosos lo hizo justamente por la anécdota casi en tono jocoso de la pérdida de un animal que significaba un puñado de pesos para salir de un apuro, lo que me lleva a preguntar a qué hubiera llegado ese hombre de no haber recuperado aquél rumiante conociendo lo desesperante de la mayoría de sus situaciones. Crece mi desconfianza sobre la accesibilidad de este "santo", su rosario puede ser más tortuoso de lo que parece: se basa en asimilar espiritualmente su calvario, no entender ni sentir compasión o verguenza, se basa en enloquecer de aborrecimiento por la sola idea de terminar como Soria.
Quiero seguir contando tus cejas, pero me pierdo en estas tribulaciones, y estoy a punto de olvidarme los detalles de donde estamos, hace cuanto, adónde tenemos que ir más tarde, también se desvanece tu nombre, no soy capaz de recordar tu voz y aunque pudiera obligarte a hablar no la reconocería. Al menos una vez cuando se podía, debí haberlas contado, cuando estaba conforme con lo que era cuando era.

La leyenda es insostenible, el sopor pesa ya demasiado, el borrador garabateado en un principio frenéticamente con el lápiz sigue igual de ilegible mientras el puño diluye las últimas frases que nada completan una en otra, borrándose además con el suspiro. Lo que casi no pasa efectivamente no pasó, y si pasó fue en un zumbido lo arisco de este día normal, como el de ayer, en un zumbido pasa lo de hace años y lo de hace unos días, la resignación y el optimismo, el sueño de esta noche, el idilio, el romanticismo, lo fatal. Lo arisco de tu ser pasó zumbando, más inasible que la brutalidad de la bestia de la que dependía el borracho para solventarse el vicio.
Queda lo interesante de Soria, que concretó la petición del vago ese. Obviamente en la quimera que quise formar él cumplía mi deseo, pero en realidad no tuve lo que pedí, tampoco lo pedí y dejo lo sobrenatural enmarcado fuera de mi mirada incrédula para que al menos la leyenda de Soria(*) sobreviva.
Y sin quererlo conté el sueño.



(*) Angel Soria (¿?, ¿Santiago del Estero? - 1967, Tucumán): Talador presumiblemente santiagueño que cruzó de provincia en provincia por el norte siguiendo su trabajo hasta que conoció una joven con la que quiso casarse, el padre mezquinó su mano y Soria se ahorcó. Si bien las teorías sobre el mejor y terrible modo de hacerse escuchar por él -si es que algún muerto puede escuchar- son claramente improbables, el caso del ternero que volvió solo a la casa luego de pedírselo al finado prodigioso y los datos con los que se forma la especie de biografía que presento son los más aproximados a la realidad.


CiclicAthlon no ha cerrado aún, Megapulso tiene algunas citas más y Religionario está preparándose hace meses. Espero que el desorden no se exceda del normal de este sitio, pero nada más espero.

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viernes, 9 de mayo de 2008

Maldad

Lo escribí tantas veces como para hartarme a mí mismo. Lo callé bastantes como para volverlo plegaria en lugar de la recriminación que debió ser. Te lo dije en la misma forma que se lo dije a los que no les importaba ni lo entendían, igual que vos. Lo repetiría pero, como te dije, ya estoy harto del cuento y la sordera. Nuevamente no escucharás o extraordinariamente sí, sin embargo el milagro no viene por ese lado, sino en lo magnífico de este cuadro: te desplazás hasta una ventana, y bañándote en los fríos rayos de la frágil luz de la mañana me limpiás de todo recuerdo, de todo lo que pasó y de lo que no; me arrancás de las uñas de mis fantasmas arrieros y custodios -tan agresivamente humanos como los humanos-; para que dejen de supurar mis heridas hacés que arda por completo; pero no nos abandona lo que escribí y callé tantas veces, por supuesto permanece mi hartazgo por el cuento y la sordera. En este magnífico cuadro está la maldad, aparte de verlo, serlo y ocultarlo cada uno en su tiranía, hoy, luego de combatir, compartimos la maldad, somos la maldad. No hay despecho que se atreva a reclamar la acidez que nos invade, nos despreciamos por merecernos. Vos, pequeña, sos titánica y malvada, yo, pesado, soy débil y malo, lo peor y lo peor. Trampas, armas, nada nos hace falta, maldad es suficiente, somos y compartimos, nos despreciamos por merecernos. Despreciamos la maldad que nos merecemos y que nos trajo luego de que dejaramos lugares contaminados con maldad que nos alimentó, que sembramos y llevamos para el resto del camino. Sea cual sea la vía que tomamos para llegar, la tomemos o no de regreso o de huída, las bifurcaciones que antes aterraban ahora ya no. Lo que digan las señales que antes desconocíamos tampoco. Porque a parte de la continuación, lo que queda es que todo empiece o todo termine, cualquiera de las dos conviene.


Al elegir desperdiciar tiempo, ambiciones, calor, fe y razón, humanidad en la adulación de la vileza, se obtiene el panorama de lo inalcanzable, valioso a precio de ser falso. Esa inagotable desilusión es lo más cercano a la redención -renovada cada vez- que obtendremos. ¿Quién podrá decepcionarnos más que ahora uno al otro? Porque esos son los deberes del animal divino: traicionar a quien quiere en exceso, dañar para siempre lo que una sola vez pudo hacerse, creer en hipocresías y defenderlas hasta que llegue otra más complaciente.


¿Para qué palabras? Nunca logré decir algo usándolas, únicamente hartarme del propio cuento y la ajena sordera. ¿Para qué confesarnos? Sabemos qué está mal, que somos malos, que haremos maldades y las repetiremos. ¿Eso intentabas? Al girar con la boca entreabierta me encontraste callando (y admirando) lo que ya me tiene harto, no sé si estabas por decirlo justamente pero cambiaste la guardia y lanzáste un "Qué" al que respondí "Nada". La carencia de curiosidad de la escena te hizo gracia y yo me sentí esperanzado inexplicablemente, luego volvimos al silencio de tu aburrimiento y de mi amargura. Es nuestra voluntad la de estar en este endeble infierno, en concordancia con la pena que se nos adjudicó.


Quisiera preguntarte si sos capaz de jurarme que lo vivido fue suficiente, si sos capaz de jurarme que lo confuso es tan peligroso como la claridad. Estoy cansado y no me responderías. Podría dormirme con este silencio de tu aburrimiento y de mi amargura. Pero no es cierto.

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miércoles, 7 de mayo de 2008

Scorpio Infiltratio

Decidí no llamar,
también dejar que me tiña
por completo el alcohol
y parecer una sombra,
escurriéndome en vez de caminar.


No juraría sobre los sentidos,
como pensé que era justo.
No emprolijaría lo que apenas soy,
por mejor que quede.

Nada más quisiera levantar
la cara de la arena,
despertando lejos de la pelea.
Sin que me vean,
con el cuerpo que no vale la pena tener,
al despertar después de la pelea.

Vivir, hay que vivir,
por más que lo deteste.
Ser, hay que ser,
por más que me deteste.

Alucinaciones por inanición,
espejismos propios del lugar.
Acostumbrado, sin dejar de esperar
ver algo que exista.
O por lo menos algo
en lo que se pueda creer.

Mañana quisiera despertar
estando aún en la pelea,
cayendo lejos de la arena.
La cara limpia, ardiendo,
el cuerpo temblando, vacío.
Caer, al morir, en la arena.

Espectros del envenenamiento,
aberraciones de lo negado.
Cavilante, siempre amenazando
con llamar, con caer, con levantar,
con despertar, con ver y parecer,
con pelear, con dejar y morir.
Siempre amenazando con caminar.

Nada más escurriéndome
por la arena.

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lunes, 5 de mayo de 2008

MEGAPULSO

Megapulso fue un segmento que jamás llegué a determinar, no confirmé que sucedía en aquél momento -varios años atrás- cuando el circular de los días me aterraba por lo que parecía un presagio. Obviamente nada pasó pero guardé como registro suficiente el nombre que me sugirió el elíptico episodio.

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Paranoices

¿Quién habló?
¿Fue tu cuerpo,
tu alma o vos?

Eran bellas tales frases,
las he estado recordando
sin la certeza de haberlas oído;
sin saber quién sí ni cuando.

¿A mi mentira,
a mi secreto,
o a mi creencia
fueron arrojadas?

A lo que no es
y pudo haber sido
estuve jugando.
Sin el juicio ni la culpa
por los años falseándonos.

Eran bellas tales frases,
las soñé llegando,
las veía siendo por mí
pedidas y aceptadas.
Como los más exagerados
y caprichosos poderes,
las palabras indómitas vencidas
y la eternidad por fin contada.
Pero es nada más
y todo menos
despedida.

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Megapulso L

Retumban,
dentro mío los deseos
en grosera pureza.
Ignoro si se debe,
si es correcto,
si vale la pena
ignorarlos.

Resuenan, no sé
cómo no escuchás
por más cerca
que me permita,
que nos obligue.
Hasta las cosas
-que también niegan-
quieren caerse.
Temen el orden de tu mundo
-que no es tuyo-
y temen ensuciarlo.

Sospecho
que te mantiene lejos
no el silencio de lo bueno
bien oculto,
sino el hervor en mi rostro
por lo que detrás se quema.
Y no oculto el egoísmo,
padre casto aún de mis deseos
más puros.

Retumban dentro mío
frente a vos, presos,
todos los deseos.
Conformarían obras
desordenadas, incompletas;
llenarían casas
frías y húmedas;
tantos otros pechos
donde no se oigan.
Pero se pudren en este,
en su propio eco.

Retumban, no los oís y callás,
seguimos frente a frente.
No sé qué pedir primero:
quedar sordo,
quedar ciego,
o quedarme
con vos,
con todos los deseos.

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Vere por cuánto ha vuelto lo que creo es el anterior Megapulso, o veré por cuanto será válido utilizar este título que quedó disponible esperando suceso.