domingo, 30 de septiembre de 2007

PABSTMAGNANAAHR

Tres décadas atrás, Leonardo Vidal Méndez cruzó el sur de la provincia de Bs As queriendo golpear todo. Con la piel quemándole se despeñó, estrellándose tan violenta como rápidamente entre asfaltos hasta caer en las huellas de su padre que lo llevaron a participar brevemente en el último toser de las peleas de Verano en las Provincias del Norte. Al regresar, el nombre que dijo haber encontrado se pronunciaba algo así como "Lúminod"; había engrosado su cuello y embrutecido su rostro, retumbaba algo extraño pero particularmente antiguo en todo su ser y siempre presente la agresividad más despechada por haber perdido la pasión que por su falta de moral y razón. Se convirtió en un enigmático santo en los olvidados villeríos a un lado de su ciudad natal. Hasta que desapareció. Serias cosas quedaron en sus pasos y en lo que no tocó incluso. Personas caminaron de una forma similar y bastante cerca -en lugares distantes y en otro momento-; y así como perdieron lograron. Lo que se llevó a Lúminod lo trajo a casa y le dió cosas que repartió con el mismo entusiasmo, destruyendo y salvando. Él tiene una mítica aparte y los otros enigmas que deseo conectar a ello así los intento develar, lo consiga o no, tengan en verdad algo que ver o no, esté creando una nueva mítica infructífera y poco interesante.


Este segmento por el que me quiero creer poseso me robará mucho: tiempo, dinero, razón y de seguro pasión; quiero, si solo de ese modo es posible, estar poseso como lo fue Lúminod, como NickoDeMaude y sus amantes (nicodemods), como Denimian, como Diabla, como Negat, como aquellos de los que no supe aún, sea una quimera inútil jamás ocurrida o un insípido cambio por las vías más insoportables e injustificadas o un tímido fenómeno aislado y sin el menor parecido con lo que trato de establecer. Intentaré, antes de perder todo, concluir al menos la frenética trampa de Leo (el can y las armas), luego intentaré hacer el seguimiento de las bandadas y por último estar en la ceremonia de regreso, huyendo de los cascos del catafracta, quien espero traiga también mi nombre. Y olvide lo escrito, y me olvide de escribir, y me olvide.