Maldad
Lo escribí tantas veces como para hartarme a mí mismo. Lo callé bastantes como para volverlo plegaria en lugar de la recriminación que debió ser. Te lo dije en la misma forma que se lo dije a los que no les importaba ni lo entendían, igual que vos. Lo repetiría pero, como te dije, ya estoy harto del cuento y la sordera. Nuevamente no escucharás o extraordinariamente sí, sin embargo el milagro no viene por ese lado, sino en lo magnífico de este cuadro: te desplazás hasta una ventana, y bañándote en los fríos rayos de la frágil luz de la mañana me limpiás de todo recuerdo, de todo lo que pasó y de lo que no; me arrancás de las uñas de mis fantasmas arrieros y custodios -tan agresivamente humanos como los humanos-; para que dejen de supurar mis heridas hacés que arda por completo; pero no nos abandona lo que escribí y callé tantas veces, por supuesto permanece mi hartazgo por el cuento y la sordera. En este magnífico cuadro está la maldad, aparte de verlo, serlo y ocultarlo cada uno en su tiranía, hoy, luego de combatir, compartimos la maldad, somos la maldad. No hay despecho que se atreva a reclamar la acidez que nos invade, nos despreciamos por merecernos. Vos, pequeña, sos titánica y malvada, yo, pesado, soy débil y malo, lo peor y lo peor. Trampas, armas, nada nos hace falta, maldad es suficiente, somos y compartimos, nos despreciamos por merecernos. Despreciamos la maldad que nos merecemos y que nos trajo luego de que dejaramos lugares contaminados con maldad que nos alimentó, que sembramos y llevamos para el resto del camino. Sea cual sea la vía que tomamos para llegar, la tomemos o no de regreso o de huída, las bifurcaciones que antes aterraban ahora ya no. Lo que digan las señales que antes desconocíamos tampoco. Porque a parte de la continuación, lo que queda es que todo empiece o todo termine, cualquiera de las dos conviene.
Al elegir desperdiciar tiempo, ambiciones, calor, fe y razón, humanidad en la adulación de la vileza, se obtiene el panorama de lo inalcanzable, valioso a precio de ser falso. Esa inagotable desilusión es lo más cercano a la redención -renovada cada vez- que obtendremos. ¿Quién podrá decepcionarnos más que ahora uno al otro? Porque esos son los deberes del animal divino: traicionar a quien quiere en exceso, dañar para siempre lo que una sola vez pudo hacerse, creer en hipocresías y defenderlas hasta que llegue otra más complaciente.
¿Para qué palabras? Nunca logré decir algo usándolas, únicamente hartarme del propio cuento y la ajena sordera. ¿Para qué confesarnos? Sabemos qué está mal, que somos malos, que haremos maldades y las repetiremos. ¿Eso intentabas? Al girar con la boca entreabierta me encontraste callando (y admirando) lo que ya me tiene harto, no sé si estabas por decirlo justamente pero cambiaste la guardia y lanzáste un "Qué" al que respondí "Nada". La carencia de curiosidad de la escena te hizo gracia y yo me sentí esperanzado inexplicablemente, luego volvimos al silencio de tu aburrimiento y de mi amargura. Es nuestra voluntad la de estar en este endeble infierno, en concordancia con la pena que se nos adjudicó.
Quisiera preguntarte si sos capaz de jurarme que lo vivido fue suficiente, si sos capaz de jurarme que lo confuso es tan peligroso como la claridad. Estoy cansado y no me responderías. Podría dormirme con este silencio de tu aburrimiento y de mi amargura. Pero no es cierto.
Etiquetas: MEGAPULSO


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