viernes, 12 de octubre de 2007

[Nota nº 1]

Seervant quiere de regreso su espacio vacio. Lo conozco hace tiempo y nunca pareció necesario preguntar por las razones. Él detuvo su redactar meses atrás, no sé si lo reanudará en algún momento, pero luego de leer mi material anterior -siempre de escasa difusión- y habiendo encontrado temas y estilo cercanos a los suyos, me ofreció el lugar para que continuara escribiendo. Aún estaba seleccionando, organizando, buscando y, por supuesto, alterando información para el PabstMagnanaahr cuando surgió el negocio, sin embargo decidí abrir con ello mi participación en la página. Sé que Seervant no revelará mi identidad -al menos hasta que descubra y acepte la definitiva-, repito que no preguntaré lo que sucede, no sólo por el respeto que le guardo, sino también porque en esta oportunidad tengo mis propias conclusiones que en último atrevimiento con el que tal vez logre hacer explícita la amenaza, me permito escribir que sospecho haber afectado a alguien al postularme como cronista de tal saga suburbana. Nada importante de seguro: simples caprichos y celos supongo; desafíos y pequeños dominios por defender; o, en la más compleja de las posibilidades, incipientes, confusos y ambiciosos movimientos clandestinos alimentados en y por el secreto. Ya que lo inicié, me veo por primera vez en la obligación de establecer un espacio propio, al que Seervant me aseguró dar acceso desde esta dirección, y desde allá proseguiré con la edición de los cuatro actos que siguen a la reseña inicial y a esta primera parte del desprolijo Prólogo que hoy dejo.

Prólogo. El Asiniestramiento

Absolutamente nada sé sobre la vida de Leonardo antes de su llegada a la Capital, y de seguro ése segmento también permanecería perdido de no ser porque fue cuando comenzó su metamorfosis; allí encontró la luz que habría de marcarlo y cegarlo. Lo que traigo acá ni siquiera lo pude constatar, dependo de lo que escribió Proude, el primero que fue enviado a investigar la identidad del “Gúulf” antes de llamarse Lúminod. Proude abandonó su nombre e intentó regresar a su casa con su vida inicial justo luego de reconstruir el primer camino de Leonardo; tal vez porque le pareció primitiva e ingénua, demasiado directa, hasta repetitiva y poco trascendental la clave en tal transgresión, volviéndola insulsa.
Sólo con revisar la historia de la humanidad, con figuras más o menos verificables en su existencia -sin recurrir a tiempos ancestrales o mitos tan arbitrarios como el que comento-, se encuentran aquellos que demostraban la intuición, sospecha y búsqueda de dioses. Algunos llegaron a comprenderlo como extraño e irracional (guardándose nada más la superstición), otros en la persecución contínua sin certezas obtuvieron su testimonio, otros seleccionaron el suyo dentro mismo del jolgorio de la creencia, estuvieron los que lo encontraron y perdieron en el exacto momento de la muerte, unos cuantos dijeron saber su nombre verdadero, incluso unos (de seguro pocos) parecen haberlo presenciado, por último a los que tal misterio los envolvió y, lo aceptaran o no, se los llevo consigo a la inconclusión y la nada.
Como parte de muchos hombres que se levantan por las mañanas, comen por el mediodía y festejan de vez en cuando por la noche, Leonardo podía llegar a oírse temeroso, penitente, agradecido o suplicante, sin saber a qué; como uno dentro de tantos que viajan, se cansan, duermen, divagan, descubren, gastan, dejó ésa percepción donde debe, a un costado de lo que observa, de lo que se aleja, de lo que tiene o quisiera tener. Hasta que él, sin la voluntad de hacerlo, pero luego encontrándose repentinamente en la terrible necesidad -como si hubiera esperado así desde el principio-, vio, conoció, miró a los ojos, tocó, atacó y mató a su dios. Esto lo quiero creer por encima de cualquier experiencia documentada o mencionada antes, lo quiero creer de esta forma distinta a la que se encuentra en la anotaciones y la experiencia de Proude, que tildó a la aparición y el efecto de esa mujer, una adolescente más precisamente, como un factor decepcionante que arruinó sus expectativas de una epopeya espiritual individual.

Este dios se resumía en una mujer, una adolescente siendo más preciso, cuyo nombre se encuentra distorsionado por la misma memoria del mismo LVM y por Proude: Luana, Diana y en algunos momentos Praga. Lo que permanece intacto e inequívoco en las fuentes es: bella y bestia; tan frágil como joven, salvaje y de bastarda divinidad humana.