jueves, 15 de junio de 2006

Ivory

la palidez puede matarme muy rapido, no podría asegurar que instantáneamente, tal vez sí como una virulenta afección pero helada.
mientras caminaba sobre ese cemento agotado aunque pleno eternamente de mugre -que parece cargado de una humedad espiritual, tácita, invisible y pesada por las escupidas y la tristeza de tantos finales de días- buscaba, como siempre busco, pero esta vez con leve importancia, depredador en sus últimas semanas, pasaron un par de siluetas, una delgada de cabello negro brillante trotaba, tal vez reconocí a una antigua compañera rubia y de un curso ya olvidado o me nubló de repente ese permanente deseo oculto de reencontrarla, pero no mucho más que eso sucedía en ese acercamiento al vagón, sabía que muchos minutos inevitables debería soportar hasta que saliera del andén, exactamente igual a otros tantos tempranos anocheres.
un libro tenía hoy, lo había pedido prestado hace tiempo con menos que una insinuación, a pesar de que fuera su título uno de esos que tomo de lo que flota entre las palabras errantes de la ciudad durante toda una vida para dejar rondando dentro de mi cabeza y que se apodere del status de "lectura pendiente" sin prestarle mayor atención que el odio hacia la pereza (perfecta y completa caracterización, identidad) ; como sucede frente a las escasas situaciones de lectura a las que me someto en fatigado intento por generar un hábito imposible, quedé como un ingénuo dueño queriendo enseñar en dos movimientos un truco magistral a un perro viejo que tengo por conciencia. a todo esto, había seguido al espejismo de mi antigua compañera por unos segmentos de vagones con la tibia esperanza de que al fin fuera ella, "deja, loco, idiota" me dije y el dueño sorpresivamente enfureció y dió un golpe de inusitada contundencia en el morro al irritante perro; concluí entonces los débiles amagues que había dejado bastante de lado y me detuve a sacar el tomo en una de las puertas, interrumpida esta estúpida pero terrible lucha conmigo mismo por la sagrada ceremonia de regreso al hogar de los otros pasajeros que subían la escalinata. resistí durante media página y en uno de los retrocesos para dejar paso levanté la mirada justo en el momento en que me cruzó una niebla, una sábana, un mármol, aire, un demonio marfil, "dejala ir, no veas, dejala ir..." repitió mecánicamente el golpe el dueño, no funcionó, cargó fuerzas, descargó sobre el morro que se endurecía al absorver la furia, avejentándose el dueño comenzó una paliza mientras el perro mostraba los dientes y trababa el cuerpo para atacar al débil amo; no era hambre o sed como en otras veces, en esos casos era efectivo el correctivo, no, el perro quería correr, saltar la pared y ver, todo cambiaba, terminó por desgarrar la carne y romper los huesos, se fue, pero llevándose la cadena, el libro seguía abierto donde me detuve. no entendía, el animal se detuvo, desalineado estaba a punto de dormirse hace sólo un momento, pegué mis ojos a las viejas páginas y los puse a trabajar, no a vivir, no a ser quienes eran, a trabajar en esa vieja obra estando al lado del parque, de su naturaleza que tanto amaban, a la que pertenecían. la carne suele dar hambre y sed a esta criatura, cuyos dientes se hacen sentir filosos hasta que brillan al salir al exterior, esta vez la dureza de esa piel entizada, no inmaculada, blanca en otra forma tal vez impura, humana y al mismo tiempo no, haciendo bailar entre tantos tonos sedantes a mis recuerdos de otras pieles observadas,,, marfil, marfil más o menos se acercaba tímidamente a lo que sea que pudiera balbucear mentalmente, esta vez esa piel no significaba carne para los reflejos del perro, sus dientes si salían lo hacían para sostener sumisos la cadena frente a ella, rindiéndose; no podía asustarla, debía permanecer impasible, precipitar los ojos al magistral texto devenido en pretexto de oxidado papel tras el que me escondía para salir cada tanto y tratar de entender, buscar explicaciones, buscar algo razonable, pero más que nada necesitaba una palabra para ese color que encerraba todas las sensaciones ya que no era posible usar este viaje, este momento, este frío, esta fecha y hora, este vagón y sus luces como prisión de ella y de mi destrucción. una tras otra las páginas y las estaciones y los minutos y los escapes, aún así el viaje duró lo mismo de la misma forma que la tortura progresaba al punto que deje de saber incluso si me preguntaba algo, que todo este recorrido era un menester idiota que aceptaba como si hubiera nacido para ello, deje de saber que el episodio terminaría, que mañana o pasado de seguro me encontraría con una palidez similar. me trajeron de nuevo los gritos de los pasajeros apretados, seguí leyendo, aumentaron las personas y temí perderla, había aceptado que posiblemente bajara en alguna estación anterior a mi destino pero en conformismo, mi bajas expectativas planeaba ver dónde se desviaba de mi camino lo peor y lo mejor que jamás pude haber visto. desesperado movi la busque moviendo la cabeza, sin embargo una escasa muestra de la excesiva palidez apareció detrás de un viejo alto y ancho, creí ser descubierto y salí disparado a una ventana por la que simulaba tratar de saber donde estábamos, faltaban dos para que bajara y se vaciaba el tren, esperando que descendiera logre una frenética sucesión de miradas a su rostro continuando el asalto por un porque o al menos la construcción de un recuerdo de ese color.

pareciste incomodarte, no creo haber sido detectado en ninguno de mis disparos, tal vez oías algo, los músculos de los ojos despedazándose, los dientes del perro quebrándose, los gritos de mis deseos confusos de volver al principio y hacer caso al dueño o acercarme y preguntarte a vos "¿por qué?"; o quizás si captaste uno de los disparos, aunque sea por una fracción de segundo, de seguro llegaste a ver hasta mi alma olvidada, pero ahora renovada, lavada, en oferta, indefensa, con sus demonios hechos a un lado a duras penas, y sí, comprendo entonces tu terror.

a tres minutos de berazategui me di vuelta luego de examinar la salida más rápida, me alivié de no encontrarla en la dirección hacia la que se encontraba ella y no poder usarla de excusa para acercarme peligrosamente a aquella intensidad de una extraña radiación gris. se amontonaron otros para bajar, un temor se volvía a presentar como cuando se presentó la única palabra: marfil, ese anuncio poco antes de todo, llegamos, cortos pasos a los escalones mucha gente esperando para subir, éramos los últimos y confirmé el temor, bajaba, venía detrás.

habías estado quien sabe desde cuando dando vueltas en esta ciudad de donde robé tantas palabras e imágenes, perdida, escondida; o bien podía ser tranquilamente que te quedaras por una eventualidad, visitando a alguien o para comprar alguna baratija.
intenté apresurarme, abandonar el desastre pero la gente era espesa, no eran suficientes mis brazadas, no alcanzaba a saltar la pared. baje a la calle lentamente, moribundo, respiré, en el cordón lo supe -como todo el que ha llegado al fin- y quise tomar mi reloj con fuerza, no alcancé a verlo, pasaste y me notaste atravesado, desangrándome degollado en el oscuro cordón, el perro cerró los ojos y terminó de caer, continuaste tu camino, vino el dueño con el brazo reconstruido en titanio, tomó al perro y corrió llevándoselo en sus brazos mientras le susurraba algo, huí, escapé veloz como todos los días después de cada robo, de cada oferta, de cada truco, de cada muerte y de cada breve renacer alimentado por fantasmas de perfección que pululan salvajes, libres, intocables, frágiles.

marfil, mantenme alejado del marfil, ciégame a ese material, color, preciosura o lo que sea; o ciégame definitivamente, es marfil, no puedo cazar para conseguir marfil, brota entre las calles y en estado puro me mata. es algo que tampoco puedo robar, lo olvido y se vuelve a presentar ante mis ojos y no puedo, no soy digno, es demasiado, .
marfil, marfil, marfil, marfil, marfilmarfil, marfil, marfjkcm,zx , czjhc cihcaoicj p dvsdhsikvv jv ssfh ffhgfuia fdafyh vh vbhgs fghvil vsñfa fdpoudfoad afov b.

estaré a salvo, mañana. no sé por cuanto.